Petricor.

Las dudas me recorren el alma
Y me cierran la garganta.
Desde un hilo siempre a punto de soltarse,
Siempre a punto de dejarse caer.
Altibajos más bajos de lo que quería
Me mantienen con vida.
En una irónica y esperanzadora agonía.
La luz al final del cielo tiende a infinito.
Y la tarde se hace noche,
Sobre el bote y la caña
En la laguna tranquila.
Sobre el alfil y la reina
En la estrategia perdida.
En la callada sensación de despertarse.
Y de sentir el aire refrescando las mejillas.
La tormenta no llega.
Los paraguas se abren de igual forma
Protegiendo el ego de los que
No cultivaron empatía.
Y la taquicardia me aumenta
Y la ciencia sentencia
Una conclusión prematura.
Mientras tanto, allá en lo alto,
La cruz se erige delante del Obelisco blanco.
Y a mi lado, ilusionado,
Un rosario descansa sobre mi mano.
Las palabras me hacen eco
Hasta que salen del cuarto.
Las caricias calan hondo
Y me reducen el daño.
La confusión me recorre el cuerpo.
Porque no hay tiempo para
Planificar una huida.
Sólo hay tiempo
Para escuchar en silencio.
Sólo hay tiempo
Para esperar a que el tiempo decida.
Y como se nos va el enero
Se nos van los días.
Porque el calor abraza,
Pero el frío quita.
Porque a infinito tiende la luz
Al final del cielo.
Sobre el bote y la caña en la laguna tranquila.
La calle imaginaria
Me atrapó los pensamientos.
El petricor de llovizna
Me pellizcó de la siesta.
No será hoy que perderé mi vida.
Mientras tanto y cuando duermo,
Estoy yo solo.
Sobre el bote.
Y con la caña.
En la laguna tranquila.-

A mi abuelo.

Básico y necesario

Los demás dormían la siesta, así que intenté hacer el menor ruido posible.

Tan sigiloso como un gato, abrí la carpa y salí, rumbo al árbol más frondoso, al más fresco de la tarde.

Me senté con las piernas cruzadas, tiré desde el hilo azul oscuro y comencé a leer.

Fulminante.

La enigmática detective de casi treinta, apagó su Marlboro mientras degustaba un vinilo de Pink Floyd.

Clavó su mirada en mis pupilas y adelantándose al balbuceo de mi pregunta, me susurró:

Tu desprecio hacia mi soberbia no disimula la intriga que provoca la elegante seducción de mis actos.

Y de un momento a otro, el presente me dejó espacio para incendiar mi mente de espectaculares pensamientos.

Casi por instinto, rompí barreras de lo ético y me aventuré en una fulminante adrenalina de emociones desconocidas.

Palermo

Antes de las campanas de las cinco y media, se encontraba en su cama, apaciguado bajo el calor de su maltratada estufa.

Los sonidos que le rodeaban a esa hora de la tarde le llamaron la atención. Notó que cada uno de ellos era tan idiosincrásico y armónico al mismo tiempo.

El relato de un partido en la radio. Un lavarropas descompuesto por su pasado. Y entre su propia tos, escuchaba al atardecer erizándose en su arrogante y envejecida piel.-