Inerte

Mirando fijo hacia la cristalina solución, terminó enrollando una gran parte de sus manuscritas inspiraciones que cosechó en el mes de Abril.

Dejó caer su cabeza en el respaldo y observó cómo la densidad del humo se elevaba lentamente hacia el techo de chapa.

De repente, lo agobió ese calor intenso y cansino que reposaba sobre su espalda. En esa madrugada, se despertó sin haberse dormido.

Estiró su mano izquierda hacia la Bic de menos tinta, y trece segundos después sentenció:

Cayó la noche en el nostálgico archivado pensamiento.
Del engaño que es efímero en las mismas consecuencias que lo ético.
Que el producto más inerte de lo físico.
En el punto de partida del amargo y abrumante ida y vuelta efervescente.

Petricor.

Las dudas me recorren el alma
Y me cierran la garganta.
Desde un hilo siempre a punto de soltarse,
Siempre a punto de dejarse caer.
Altibajos más bajos de lo que quería
Me mantienen con vida.
En una irónica y esperanzadora agonía.
La luz al final del cielo tiende a infinito.
Y la tarde se hace noche,
Sobre el bote y la caña
En la laguna tranquila.
Sobre el alfil y la reina
En la estrategia perdida.
En la callada sensación de despertarse.
Y de sentir el aire refrescando las mejillas.
La tormenta no llega.
Los paraguas se abren de igual forma
Protegiendo el ego de los que
No cultivaron empatía.
Y la taquicardia me aumenta
Y la ciencia sentencia
Una conclusión prematura.
Mientras tanto, allá en lo alto,
La cruz se erige delante del Obelisco blanco.
Y a mi lado, ilusionado,
Un rosario descansa sobre mi mano.
Las palabras me hacen eco
Hasta que salen del cuarto.
Las caricias calan hondo
Y me reducen el daño.
La confusión me recorre el cuerpo.
Porque no hay tiempo para
Planificar una huida.
Sólo hay tiempo
Para escuchar en silencio.
Sólo hay tiempo
Para esperar a que el tiempo decida.
Y como se nos va el enero
Se nos van los días.
Porque el calor abraza,
Pero el frío quita.
Porque a infinito tiende la luz
Al final del cielo.
Sobre el bote y la caña en la laguna tranquila.
La calle imaginaria
Me atrapó los pensamientos.
El petricor de llovizna
Me pellizcó de la siesta.
No será hoy que perderé mi vida.
Mientras tanto y cuando duermo,
Estoy yo solo.
Sobre el bote.
Y con la caña.
En la laguna tranquila.-

A mi abuelo.

Básico y necesario

Los demás dormían la siesta, así que intenté hacer el menor ruido posible.

Tan sigiloso como un gato, abrí la carpa y salí, rumbo al árbol más frondoso, al más fresco de la tarde.

Me senté con las piernas cruzadas, tiré desde el hilo azul oscuro y comencé a leer.

Fulminante.

La enigmática detective de casi treinta, apagó su Marlboro mientras degustaba un vinilo de Pink Floyd.

Clavó su mirada en mis pupilas y adelantándose al balbuceo de mi pregunta, me susurró:

Tu desprecio hacia mi soberbia no disimula la intriga que provoca la elegante seducción de mis actos.

Y de un momento a otro, el presente me dejó espacio para incendiar mi mente de espectaculares pensamientos.

Casi por instinto, rompí barreras de lo ético y me aventuré en una fulminante adrenalina de emociones desconocidas.

Palermo

Antes de las campanas de las cinco y media, se encontraba en su cama, apaciguado bajo el calor de su maltratada estufa.

Los sonidos que le rodeaban a esa hora de la tarde le llamaron la atención. Notó que cada uno de ellos era tan idiosincrásico y armónico al mismo tiempo.

El relato de un partido en la radio. Un lavarropas descompuesto por su pasado. Y entre su propia tos, escuchaba al atardecer erizándose en su arrogante y envejecida piel.-