Ahora!

Mi ansiedad me lo repite una y otra vez…

Te retrasarás, siempre sales tarde.

Pero esta vez era la hora y yo recién salía de casa; salí sin más pero sabía que no llegaba. Paré en el chino y le dije a Ian si me podía arrimar el bolso hasta Av. Italia en el canasto de la bici. Eran pocas cuadras.

No sé si Ian entendió muy bien, su español no es el mejor de todos y además le estaba pesando unos tomates a un atónito cliente. Lo último que le dije fue que mi viaje era largo y que era importante. Le dejé el bolso en la puerta y mi lumbalgia de home-office y yo salimos disparados. Nunca miramos la hora, nunca miramos atrás…

El ómnibus frenó sin ganas y le dije al guarda que esperara a “¡ese hombre de la bici y el bolso!”

Pero no había ningún hombre de la bici.

Y no había ningún bolso.

Solo pasó un taxi vacío como la ciudad de tarde en un invierno de mayo.

Decidido a cerrarme la puerta, el guarda alzó la vista y quedó perplejo en la escalera. Me hizo un gesto para que detuviera mi inentendible palabrerío de excusas innecesarias y, de pronto, lo vio.

Vio como un chinito, en una bici eterna de vieja, intentaba frenar a contramano con un bolso tan pesado como un viaje de 5 horas a Chuy. Qué grande Ian. Nos miramos a los ojos y entre tapabocas y movimientos exhaustos no nos salieron las palabras… Pero entre nuestros ojos chinos y ese típico gesto agachando levemente la cabeza, se entendió clarito el:

– Gracias.

– Por nada, buen viaje. –

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