Ahora!

Mi ansiedad me lo repite una y otra vez…

Te retrasarás, siempre sales tarde.

Pero esta vez era la hora y yo recién salía de casa; salí sin más pero sabía que no llegaba. Paré en el chino y le dije a Ian si me podía arrimar el bolso hasta Av. Italia en el canasto de la bici. Eran pocas cuadras.

No sé si Ian entendió muy bien, su español no es el mejor de todos y además le estaba pesando unos tomates a un atónito cliente. Lo último que le dije fue que mi viaje era largo y que era importante. Le dejé el bolso en la puerta y mi lumbalgia de home-office y yo salimos disparados. Nunca miramos la hora, nunca miramos atrás…

El ómnibus frenó sin ganas y le dije al guarda que esperara a “¡ese hombre de la bici y el bolso!”

Pero no había ningún hombre de la bici.

Y no había ningún bolso.

Solo pasó un taxi vacío como la ciudad de tarde en un invierno de mayo.

Decidido a cerrarme la puerta, el guarda alzó la vista y quedó perplejo en la escalera. Me hizo un gesto para que detuviera mi inentendible palabrerío de excusas innecesarias y, de pronto, lo vio.

Vio como un chinito, en una bici eterna de vieja, intentaba frenar a contramano con un bolso tan pesado como un viaje de 5 horas a Chuy. Qué grande Ian. Nos miramos a los ojos y entre tapabocas y movimientos exhaustos no nos salieron las palabras… Pero entre nuestros ojos chinos y ese típico gesto agachando levemente la cabeza, se entendió clarito el:

– Gracias.

– Por nada, buen viaje. –

Descubrimiento

Pequeño instante el que nos sucede
En pocas gotas de rocío gravitando
En las ventanas empañadas por agosto
En el calor de saxofones balbuceando.

Esos segundos galopantes son tan nuestros
Pero se escurren entre dedos de una mano
Y los silencios por la ausencia de palabras
Se convirtieron en las notas de ese piano.

Y son las risas que hace un rato se abrazaban
Y son mis labios recorriendo tus lunares
Y es tu mirada si te aferras a mi cuerpo
Es nuestro fuego que se funde entre la noche.

Ascensor lunar

Cada lunes es un nuevo loop.
Y cada paso va escribiendo el flujo.

Otra vez me puse a hablar del tiempo cuando eran las seis. Porque hablar del tiempo es lo que mejor sé hacer. Pronosticador experto de posibles chubascos y de nubarrones también.

…Es verdad. ¿Será que hay lluvia más tarde? – me preguntó.
Si llueve que sea de noche, porque de noche se siente bien escucharla – le dije yo.
Tenés razón; y porque el cielo es distinto, porque no es grisáceo, ¿no? Porque es azul, como ese azul de la noche cuando llueve, como cuando la tormenta no solo se mira, ni solo se escucha, si no que de a ratos se siente, ¿no?

Me sentí astronauta perdido en sus lunares.
No llegué a tocar las estrellas pero las llegué a sentir ahí, tan cerquita, tan cómplices, mirando el mundo conmigo desde alturas poco frecuentes.

Petricor.

Las dudas me recorren el alma
Y me cierran la garganta.
Desde un hilo siempre a punto de soltarse,
Siempre a punto de dejarse caer.
Altibajos más bajos de lo que quería
Me mantienen con vida.
En una irónica y esperanzadora agonía.
La luz al final del cielo tiende a infinito.
Y la tarde se hace noche,
Sobre el bote y la caña
En la laguna tranquila.
Sobre el alfil y la reina
En la estrategia perdida.
En la callada sensación de despertarse.
Y de sentir el aire refrescando las mejillas.
La tormenta no llega.
Los paraguas se abren de igual forma
Protegiendo el ego de los que
No cultivaron empatía.
Y la taquicardia me aumenta
Y la ciencia sentencia
Una conclusión prematura.
Mientras tanto, allá en lo alto,
La cruz se erige delante del Obelisco blanco.
Y a mi lado, ilusionado,
Un rosario descansa sobre mi mano.
Las palabras me hacen eco
Hasta que salen del cuarto.
Las caricias calan hondo
Y me reducen el daño.
La confusión me recorre el cuerpo.
Porque no hay tiempo para
Planificar una huida.
Sólo hay tiempo
Para escuchar en silencio.
Sólo hay tiempo
Para esperar a que el tiempo decida.
Y como se nos va el enero
Se nos van los días.
Porque el calor abraza,
Pero el frío quita.
Porque a infinito tiende la luz
Al final del cielo.
Sobre el bote y la caña en la laguna tranquila.
La calle imaginaria
Me atrapó los pensamientos.
El petricor de llovizna
Me pellizcó de la siesta.
No será hoy que perderé mi vida.
Mientras tanto y cuando duermo,
Estoy yo solo.
Sobre el bote.
Y con la caña.
En la laguna tranquila.-

A mi abuelo.

Básico y necesario

Los demás dormían la siesta, así que intenté hacer el menor ruido posible.

Tan sigiloso como un gato, abrí la carpa y salí, rumbo al árbol más frondoso, al más fresco de la tarde.

Me senté con las piernas cruzadas, tiré desde el hilo azul oscuro y comencé a leer.

Fulminante.

La enigmática detective de casi treinta, apagó su Marlboro mientras degustaba un vinilo de Pink Floyd.

Clavó su mirada en mis pupilas y adelantándose al balbuceo de mi pregunta, me susurró:

Tu desprecio hacia mi soberbia no disimula la intriga que provoca la elegante seducción de mis actos.

Y de un momento a otro, el presente me dejó espacio para incendiar mi mente de espectaculares pensamientos.

Casi por instinto, rompí barreras de lo ético y me aventuré en una fulminante adrenalina de emociones desconocidas.

Encrucijada

Entre todo lo que tengo, tengo orgullo.
Tengo orgullo de decir que tengo todo.
Tengo amigos, tengo viernes, tengo estudios.
Tengo abrigos que me esconden sobretodo,
Entre risas y presente con hermanos,
Entre hielo, con nostalgia estando solo.

Tengo piso, tengo techo y ambiciones.
Mi memoria tengo al tanto entre algodones.
Y entre letras de poemas y canciones,
Tengo ausencias y quebradas ilusiones.

Tengo blanco y tengo humo por mis venas,
Y están llenas mis rutinas de lo mismo,
De aspirinas que en la noche me envenenan,
Y de cuerpos más vacíos que un abismo.

Tengo todo y tu olor está en mi ropa,
Y entre copas te desnudo en mi pasado.
Tengo un nudo que me asfixia y descoloca.
Tengo todo pero el nudo sigue atado.

¿Y por qué, si tengo todo, no te tengo?
Me entretengo, me distraigo, me persigo.
Y aunque sigo caminando, me detengo.
No tengo nada: Lo que tengo no es contigo.-

Palermo

Antes de las campanas de las cinco y media, se encontraba en su cama, apaciguado bajo el calor de su maltratada estufa.

Los sonidos que le rodeaban a esa hora de la tarde le llamaron la atención. Notó que cada uno de ellos era tan idiosincrásico y armónico al mismo tiempo.

El relato de un partido en la radio. Un lavarropas descompuesto por su pasado. Y entre su propia tos, escuchaba al atardecer erizándose en su arrogante y envejecida piel.-

Re: entre líneas.

Hola.

Te respondo entre líneas.

Sí, o sea, me encuentro donde siempre. No sé si “donde siempre”, pero sí donde siempre me encontraría cuando necesito esconderme. Creo que es mi parte de la zona de confort más segura ¿sabés?. No necesariamente es feliz, pero es segura.

Y bueno, tengo algunas cosas que contarte, sí; nada importante; detalles. ¿Vos que andás? ¿Es oscura y con acordes la resaca que me dijiste antes?

Saludos.-

Alexdls